ESTUDIO,RESPONSABILIDAD Y PROGRESO

ESTUDIO,RESPONSABILIDAD Y PROGRESO

miércoles, 3 de septiembre de 2014













La fiesta de la insignificancia
Milan Kundera
Milan Kundera protagoniza un regreso literario tras 14 años de silencio narrativo. Su décima novela, La fiesta de la insignificancia, publicada por Tusquets Editores, ha hecho su aparición en México. La masificación y la decadencia del arte, además de la falta de individualización en la sociedad contemporánea, son temas que aparecen en la novela, a través de cuatro protagonistas. El autor de origen checo, nacido en 1929, vuelve al género novelístico con una visión del mundo que recoge toda su esencia narrativa. Con autorización de la editorial, La Jornada ofrece un adelanto a sus lectores. ¿Qué más puede decirse? Nada. ¡Lean!, incita la contraportada del libro.
Alain medita sobre el ombligo
Era el mes de junio, el sol asomaba entre las nubes y Alain pasaba lentamente por una calle de París. Observaba a las jovencitas que, todas ellas, enseñaban el ombligo entre el borde del pantalón de cintura baja y la camiseta muy corta. Estaba arrobado; arrobado e incluso trastornado: como si el poder de seducción de las jovencitas ya no se concentrara en sus muslos, ni en sus nalgas, ni en sus pechos, sino en ese hoyito redondo situado en mitad de su cuerpo.
Eso le incitó a reflexionar: si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en los muslos, ¿cómo describir y definir la particularidad de semejante orientación erótica? Improvisó una respuesta: la longitud de los muslos es la imagen metafórica del camino, largo y fascinante (por eso los muslos deben ser largos), que conduce hacia la consumación erótica; en efecto, se dijo Alain, incluso en pleno coito, la longitud de los muslos brinda a la mujer la magia romántica de lo inaccesible.
Si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en las nalgas, ¿cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: brutalidad; gozo; el camino más corto hacia la meta; meta tanto más excitante por ser doble.
Si un hombre (o una época) ve el centro de la seducción femenina en los pechos, ¿cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Improvisó una respuesta: santificación de la mujer; la Virgen María amamantando a Jesús; el sexo masculino arrodillado ante la noble misión del sexo femenino.
Pero, ¿cómo definir el erotismo de un hombre (o de una época) que ve la seducción femenina concentrada en mitad del cuerpo, en el ombligo?
Ramón pasea por el Jardin du Luxembourg
Más o menos mientras Alain reflexionaba acer- ca de las distintas fuentes de seducción femenina,Ramón se encontraba en las proximidades del museo situado cerca del Jardin du Luxembourg, donde, desde hacía ya un mes, se exponía la obra de Chagall. Él quería ir a verla, pero sabía de antemano que nunca se animaría a convertirse por las buenas en parte de esa interminable cola que se arrastraba lentamente hacia la caja; observó a la gente, sus rostros paralizados por el aburrimiento, imaginó las salas en las que sus cuerpos y su parloteo taparían los cuadros, y no tardó más de un minuto en dar media vuelta y encaminarse parque a través por una alameda.
Foto
Portada del libro
Allí, la atmósfera era más agradable; el género humano parecía escasear y estar más a sus anchas: algunos corrían, no por ir deprisa, sino por gusto; otros paseaban tomando helados; otros aún, discípulos de una escuela asiática, hacían en el césped lentos y extraños movimientos; más allá, en un inmenso círculo, estaban las dos grandes estatuas blancas de las reinas de Francia y, aún más allá, en el césped entre los árboles, en todas las direcciones, esculturas de poetas, pintores, sabios; se detuvo delante de un adolescente bronceado que, seductor, desnudo debajo de su pantalón corto, le ofreció máscaras que reproducían las caras de Balzac, Berlioz, Hugo o Dumas. Ramón no pudo evitar sonreír y siguió su paseo por ese jardín de los genios, quienes, rodeados por la amable indiferencia de los paseantes, debían de sentirse agradablemente libres; nadie se detenía para observar sus rostros o leer las inscripciones en los pedestales.
Ramón inhalaba esa indiferencia como una calma consoladora. Poco a poco, apareció en su cara una larga sonrisa casi feliz.
No habrá cáncer
Aproximadamente en el mismo momento en que Ramón renunciaba a la exposición de Chagall y elegía pasear por el parque, D’Ardelo subía la escalera que lleva a la consulta de su médico.
Aquel día, faltaban tres semanas para su cumpleaños. Desde hacía ya muchos años, había empezado a odiar los cumpleaños. Por culpa de las cifras que les encasquetaban. Aun así, no conseguía ignorarlos porque, en él, era más fuerte el placer de ser festejado que la vergüenza de envejecer.
Y aún más desde que, esta vez, la visita al médico añadía un nuevo matiz a la fiesta. Era el día en que le comunicarían el resultado de todos los exámenes que le darían a conocer si los sospechosos síntomas descubiertos en su cuerpo se debían, o no, a un cáncer. Entró en la sala de espera y se dijo por lo bajo, con voz temblorosa, que dentro de tres semanas celebraría a la vez su nacimiento tan lejano y su muerte tan cercana; que celebraría una doble fiesta.
Pero, en cuanto vio la cara risueña del médico, comprendió que la muerte se había dado de baja. El médico le apretó fraternalmente la mano.
Con lágrimas en los ojos, D’Ardelo no pudo pronunciar palabra.
La consulta del médico estaba en la Avenuede l’Observatoire, a unos doscientos metros del Jardin du Luxembourg. Como D’Ardelo vivía en una callecita al otro lado del parque, decidió volver a atravesarlo. El paseo entre los árboles le devolvió un buen humor casi juguetón, sobre todo cuando rodeó el gran círculo formado por las estatuas de las antiguas reinas de Francia, todas ellas esculpidas en mármol blanco, de pie en poses solemnes que le parecieron divertidas, casi alegres, como si con ello esas damas quisieran saludar la buena nueva que él acababa de recibir. Sin poder dominarse, él las saludó dos o tres veces con la mano y soltó una carcajada.
Traducido del original francés por Beatriz de Moura

domingo, 24 de agosto de 2014

A 74 años de su asesinato: Trotsky y su época
Guillermo Almeyra
Trotsky nació, vivió, luchó y fue asesinado hace 74 años en un mundo preñado de revoluciones anticapitalistas y de liberación nacional, pero marcado también por contrarrevoluciones originadas por el temor al desarrollo impetuoso del movimiento obrero revolucionario, que entonces era internacionalista. El fin de la Segunda Guerra Mundial, ya sin Trotsky, abrió una etapa completamente diferente, aunque aceleró los movimientos anticolonialistas e independentistas en todo el mundo, cuyos ejemplos más potentes fueron la Revolución china, en Asia; la argelina, en África, y la cubana, en América Latina. Ese fin de guerra presenció una ola revolucionaria mundial, pero sin revolucionarios socialistas que supieran encauzarla y con los partidos socialistas y comunistas empeñados en reconstruir los estados capitalistas como en Italia, Francia o Bélgica.
Stalin, por otra parte, condujo la guerra en la entonces Unión Soviética como una Gran Guerra Patria, por la Madre Rusia, fomentó el gran nacionalismo ruso, recurrió a los héroes del imperio zarista, reintrodujo en el ejército antes Rojo los capellanes ortodoxos y el poder y las charreteras de los oficiales, restituyó bienes a la Iglesia ortodoxa. Sus continuadores, incluido Vladimir Putin, fomentaron la nostalgia por el zarismo, así como el nacionalismo chauvinista y xenófobo. Los partidos comunistas de todo el mundo abandonaron el internacionalismo y desarrollaron el nacionalismo en los países donde actuaban y se llegó así, por ejemplo, a guerras entre China y Vietnam. Mientras en las ex colonias el nacionalismo era liberador, anticolonialista, en el resto del mundo, en cambio, subordinó por décadas a los trabajadores a la idea falsa de una alianza con las burguesías nacionales para lograr el desarrollo bajo la dirección del aparato estatal.
Ese desarrollismo capitalista de entidades estatales enanas abrió el camino a las trasnacionales y la mundialización dirigida por el capital financiero y facilitó la derrota mundial de los trabajadores y de sus organizaciones tradicionales (sindicatos, partidos socialistas y comunistas). Los socialdemócratas se metamorfosearon en ese proceso en liberalsocialistas, llevando a sus últimas consecuencias su aceptación del capitalismo como supuesto único marco para la acción y los comunistas, en el mejor de los casos, se transformaron en socialdemócratas dedicados sólo al parlamentarismo y a la farsa del electoralismo mientras los movimientos nacionalistas revolucionarios dieron origen a grupos burocráticos nacionalistas neoburgueses, corruptos y muy sensibles a las presiones burguesas locales y a las del gran capital extranjero, como el PRI, el peronismo o el partido oficialista argelino. En cuanto a los países aún comunistas, como China, Vietnam o Corea del Norte, se dedican a construir un capitalismo de Estado a costa del nivel de vida de los trabajadores o, como el régimen de Pyongyang, una monarquía hereditaria sangrienta disfrazada de socialista.
El mundo actual está hundido en una crisis económica, ecológica, moral, de civilización. Desde los gulags stalinistas, los campos de concentración nazis, las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, las guerras de Corea y Vietnam, las matanzas en Ruanda y Burundi o el Congo, vivimos en plena barbarie y la vida civilizada e incluso la supervivencia de nuestra especie están al borde del colapso y muchos tremen los cambios que podrían agravar. El capitalismo, ya sin miedo al movimiento obrero, destroza una a una las conquistas sociales de un siglo y medio; los trabajadores, ya sin utopías ni esperanzas de superación del capitalismo, combaten en orden disperso y a la defensiva. Si en tiempos de Trotsky la esperanza socialista movilizaba a cientos de millones de obreros, campesinos, intelectuales, antimperialistas y llevaba a discutir la estrategia revolucionaria para conducir mejor ese ejército mundial a la victoria y a la construcción de un nuevo mundo, hoy no hay confianza en la idea misma de socialismo y, por el contrario, toda Europa oriental y una gran parte de Asia fue vacunada contra ella por la barbarie del socialismo real stalinista. La inmensa mayoría de la humanidad ha naturalizado la idea impuesta por la burguesía de que no hay alternativa al régimen capitalista y aspira, cuando mucho, a introducir alguna reforma en un régimen feroz y caótico por su esencia, mismo donde el límite a la explotación sólo es dado por la resistencia social.
Una consecuencia de esa desesperanza es que Lenin o Trotsky, teóricos revolucionarios marxistas preocupados por la estrategia que pudiese llevar al socialismo, sólo son recordados hoy por pequeñísimas minorías que se aferrana sus teorían aún válidas y que Marx reaparezca sólo como economista, totalmente diferenciado del historiador y del socialista revolucionario, y como sostén para ideas y propuestas banales, reformistas y neoliberales como las de Thomas Pikkety.
Otra consecuencia, para quienes quieren ser marxistas hoy, es la comprensión de que el pasado es irrepetible, así como son irrepetibles las políticas y el lenguaje de los revolucionarios de la fase anterior. Además, la comprensión de que antes que nada deben comprender a las amplias masas que, bajo direcciones burguesas, luchan por la democracia, por la liberación nacional, contra el imperialismo sin ser anticapitalistas y, por tanto, deben estar junto a ellas aunque sin compartir sus errores e ilusiones.
Hay que saber ser minoría, pero con vocación mayoritaria y pensando en cómo partir del nivel actual de conciencia y organización de las mayorías para intervenir más y mejor en la crisis y demostrar que la democracia y la independencia nacional sólo se lograrán acabando con el régimen que las hace imposibles y, de este modo, comenzar a construir las bases de una sociedad no capitalista igualitaria y democrática, cualquiera sea el nombre y la forma que la misma adopte.
Europa: crisis y fascismo
Más allá de lo anecdótico, la realización de una ceremonia en España para honrar a la Legión Cóndor alemana –con el respaldo de la Guardia Civil y la autorización del Partido Popular– tiene una significación distinta de la de un grupo de nostálgicos fascistas vitoreando al escuadrón nazi responsable del bombardeo a la localidad vasca de Gernika en abril de 1937.
En efecto, el acto organizado por la agrupación extermista Tercios de Aguilar tiene el telón de fondo de un repunte en toda Europa de grupos neonazis y fascistas, idealidades que, una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo con el avance del proyecto de integración europea, se llegó a pensar extintas o condenadas a desaparecer. Hoy, sin embargo, agrupaciones políticas de ese signo han mostrado solidez partidista y han obtenido logros importantes en la arena electoral del viejo continente, como lo demuestra el ascenso de los neonazis de Aurora Dorada en Grecia, el repunte del lepenismo francés y las victorias electorales del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP, por sus siglas en inglés), encabezado por el populista de derecha Nigel Farage, euroescéptico y xenófobo.
El fenómeno tiene dos correlatos ineludibles: la crisis económica que persiste en Europa occidental y la consecuente exasperación y desencanto de los ciudadanos hacia los partidos tradicionales. Lo cierto es que, si bien ese desgaste ha propiciado el avance de formas de organización y de acción ciudadana y apartidista en Europa, también ha alimentado el repunte de grupos de ultraderecha que revisten su discurso de un leve barniz democrático y parlamentario, pero que en el fondo mantienen intactos sus componentes de hipernacionalismo –o de europeísmo a ultranza–, xenofobia y su tendencia a culpar a los extranjeros e inmigrantes sudamericanos, africanos y asiáticos de todos los males que los aquejan.
Un componente que agrava ese escenario es que, a diferencia de lo ocurrido con el auge de los fascismos europeos de la primera mitad del siglo pasado, en la actualidad esas expresiones carecen de un contrapeso político e ideológico que representaron en su momento los movimientos obreros y los sindicatos, disminuidos a su vez por los recortes económicos y la pérdida masiva de empleos ocasionados por la crisis y por las medidas de austeridad que han impuesto la mayoría de los gobiernos europeos a sus poblaciones.
Por último, cabe señalar que en el caso de España el auge de grupos como el referido tiene un particularidad histórica respecto de otras naciones de Europa: a diferencia de lo ocurrido con nazismos y fascismos nacionales en Alemania, Francia, Austria Reino Unido e Italia, en donde tales movimientos fueron derrotados y condenados a la marginalidad política, en la nación ibérica los cuadros del franquismo encontraron fácil acomodo durante la transición post franquista y lograron enquistarse en las estructuras políticas e institucionales, particularmente en el gobernante Partido Popular. Desde las posiciones que ocupan actualmente en alcaldías y parlamentos, dichos cuadros han mantenido posturas favorables al franquismo; han obstaculizado pesquisas sobre los crímenes cometidos durante la dictadura y han impedido, de ese modo, un pleno avance de ese país a la democracia.
Las ideologías fascistas y totalitarias resultan, hoy como ayer, sumamente peligrosas, en la medida en que encierran la semilla de la antidemocracia, el recorte de las libertades, la violencia, el oscurantismo y la represión. Cabe esperar que los sectores lúcidos de las sociedades europeas, particularmente de la española, rechacen y reviertan el actual renacimiento de esas posturas.